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“En las altas cumbres de la sierra, en el Cebreiro, provincia de Lugo, frontera con León, hay una aldea, Pedrafita, compuesta por un pequeño grupo de pallozas: casas de planta baja, muy primitivas, de paredes de cachotería ( piedras sin labrar, unidas con barro), de forma redondeada, y cubiertas de colmo, junco o paja gruesa cosida en fajas superpuestas. Por allí pasaba el camino francés de las peregrinaciones a Santiago; y como aquel lugar era muy difícil se subir por lo abrupto y costanero y más fatigoso por el frío de las nieves que lo cubre buena parte del año, dícese que San Giraldo, conde de Aurillac, hizo construir allí un hospital y una iglesia para que pudieran reposar y confortarse, corporal y espiritualmente, los peregrinos que de ello hubiera menester. Aconteció, allá por el año 1300, que un cura de la parroquia empezó a pensar en como era posible que la santísima hostia, pequeña hoja redonda de pan, y el vino de misa pudiera convertirse en carne y sangre de Jesús Dios al tiempo de la consagración, cumplida simplemente por un hombre mortal y pecador como era él. La duda mordía con frecuencia el corazón del sacerdote; la duda amargaba las horas solitarias de sus noches de insomnio. -¡ Oh, Dios! - murmuraba el cura afligido -. La fe se debilita en mi. Mi ser enflaquece y mi cerebro estalla, pero no veo claro este misterio. ¿ Unas leves cruces trazadas en el aire por mi mano y una pocas palabras murmuradas por mi boca, no siempre limpia y pura, cómo pueden hacer tal milagro? Había un vecino de la parroquia que vivía a una media legua de Pedrafita y era tan devoto de la santa misa, que por ninguna cosa, ni aún por las tormentas o nevadas más fuertes, dejaba de acercarse allí para oír su misa. Un domingo estaba el cura celebrando el santo sacrificio. Nadie más estaba en la iglesia, porque la turbulenta cellista de aquel día era tal, que causaba pavor. Tenía ya consagrada la hostia y el cáliz, cuando oyó el ruido de alguien que entró apresuradamente en la iglesia. El sacerdote lo miró con sorpresa y, asombrado, murmuró: "¡ Pobre hombre, venir con este tiempo de tan lejos, fatigosamente y exponiéndose a morir en el camino, solo para postrarse ante un poco de pan y vino!" Pero entonces sintió un estremecimiento extraño. Miró para la patena y vio, horrorizado, cómo la blanca rodajita de blanco pan enrojecía, convirtiéndose en sangrante carne que parecía recién cortada de un cuerpo vivo; y el vino del cáliz se espesaba, adquiriendo un tono más bermejo, y olía a sangre. El mísero cura cayó de rodillas al pié del altar y luego se desplomó sobre las gradas, desvanecido. El hombre que había llegado en aquel momento corrió hacia el altar y trató de incorporar al sacerdote. Estaba muerto. Las reliquias de este milagro se conservan en dos ampollas de vidrio y plata en la iglesia de Pedrafita do Cebreiro.” (Entresacada del libro Las Leyendas Tradicionales Gallegas de Leandro Carré Alvarellos) |