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El licenciado Molina, en siglo XVI Cuenta la historia de los Mariños de Lobeira. En ella nos narra como un hidalgo pescó en la isla de Sálvora una sirena , la cuidó hasta que se le cayeron las escamas y se unió con ella. Los hijos que tuvieron, fueron llamados Mariños de Lobeira por ser mestizos de mujer de mar- Sirena - y hombre de tierra, y lucieron desde entonces un escudo heráldico, compuesto por tres ondas azules.
Torquemada, escritor español del siglo XVI, en su obra El jardín de flores, nos cuenta una historia sobre el origen de los Mariños:
" No quiero que passemos adelante sin que sepays una común opinión que se tiene en el reyno de Galicia, y es que allí ay un linaje de hombres que llaman los Mariños, los cuales se dize y affirma por cosa muy cierta, y ellos no lo niegan, que descienden de uno de estos Tritones o pescados que dezimos, antes se precian dello, y aunque se cueta de diversas maneras como cosa muy antigua, todos vienen a concluyr en que andando muger ribera de la mar entre una esspesura de arboles, salio un hombre marino en tierra, y tomandola por fuerça tuvo sus ayuntamientos libidinosos con ella, de los cuales quedo preñada, y este hombre o pescado se bolvio a la mar, y tornava muchas veces al mesmo lugar a buscar a esa muger, pero sintiedo que le ponian acenchanças para prenderle desaparecio, quedando la muger vino a parir, aunque la criatura era racional, no dexo de traer en si señales por donde se entendio ser verdad lo que dezia que con el Triton le avia sucedido"
Leandro Carré Alvarellos, nos cuenta otra versión de esta leyenda:
" En aquellos lejanos tiempos del feudalismo, allá por el siglo XIII o el XIV, vivía un conde llamado don Froyaz ó Froilán, que habitaba un imponente castillo. Relativamente joven, se mantenía soltero. Era muy aficionado a la caza y solía correr a caballo sus extensas posesiones, dedicado a su distracción favorita, acompañado a veces por sus amigos vecinos, o bien por alguno de sus escuderos.
Una mañana que caminaba por el declive de un monte cercano al mar, atisbó cerca de unas peñas de la playa el cuerpo de una mujer que parecía dormida; estaba desnuda, pero no se veían bien sus piernas a causa de unas piedras que las ocultaban.
Lleno de curiosidad, fue acercándose silenciosamente; pero, al pisar las arenas, su caballo piafó y al ruido que produjo se despertó la dama, que, al parecer, era una hermosa sireña, y se dispuso a zambullirse en el agua. Pero fue tarde: tres escuderos que acompañaban a do Froilán rápidamente la habían rodeado, impidiéndole la huida.
Uno de los escuderos se despojó de su tabardo, con el cual cubrió a la sirena; ésta fue colocada sobre un caballo y conducida al castillo de don Froilán, que, prendado por la hermosura de aquella mujer, sintió estremecerse su carne varonil con una emoción y una inquietud que jamás había experimentado ante mujer alguna. Y quiso casarse con ella.
Una vez instalada en su castillo, vestida como cumplía y atendida por varias doncellas, don Froilán la hizo bautizar; y como había surgido del mar y en el mar la había hallado, consideró que ningún nombre le convenía mejor que el de Mariña; y Mariña fue su patronímico.
Pero doña Mariña era muda. No sabía hablar y, a pesar de los intentos de don Froilan para enseñarle a pronunciar alguna palabra, ella, por mucho que se esforzaba en decir las frases más simples, no lo conseguía, lo cual tenía entristecido al conde. Y más cuando al cabo de algún tiempo nació su hijo primogénito y vio como la madre le acariciaba con amor y le besaba con ternura, pero no le dirigía ninguna de las palabras cariñosas con las que las madres suelen hablar a sus hijos; sus expresiones consistían solamente en gestos, que algunas veces terminaban en lágrimas al no poder decir con la voz toda la ternura que sentía por él.
Llegó la víspera de San Juan y, como siempre en tal día, al llegar la noche se celebró en el patio del castillo la fiesta y se encendió la hoguera tradicional. Don Froilán gustaba de ver holgarse a sus servidores y, para solazarse con la gente de sus casa, se presentó allí. Doña Mariña, que nunca había presenciado tal espectáculo, acudió también, llevando en sus brazos al hijo de sus entrañas.
Entonces, con un rápido movimiento, don Froilán arrebató al niño de los brazos de su madre y, aproximándose a la hoguera, hizo ademán de arrojarlo a las llamas. Despavorida, doña Mariña se puso en pié y profirió un grito, un grito de espanto, y clamó: ¡Fillo!... Y con el terror que la sobrecogió hizo tal esfuerzo, que arrojó de la boca un pedazo de carne; pero habló. Y desde entonces hablo normalmente.
Y todos lloraban en aquel momento, de emoción y de alegría. Y la fiesta prosiguió con mayor alborozo aún.
Y en recuerdo del hecho y por haber acontecido en aquella fecha, al niño le nombraron Juan"
Existen otras leyendas sobre los Mariños que en cuanto me sea posible las transcribiré.
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